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Nacido de la tierra

  • 28 abr
  • 9 Min. de lectura

Mariátegui y el sueño peruano del socialismo


José Carlos Mariátegui es un socialista, un hijo de los Andes¹, un hombre que desarrolló el marxismo con la fuerza de la tierra entre sus manos y la historia de su pueblo en su corazón. Como escribe en el artículo «Aniversario y balance» (1928), su concepción del socialismo no es solo una idea económica, sino también moral, un «acto heroico de creación» que nace de lo más profundo del alma. Cree que un mundo nuevo puede surgir en los corazones de los seres humanos que vuelven a aprender a convivir. «El socialismo no solo busca liberar a las personas, sino también reconciliarlas con su propia naturaleza». Para él, esta reconciliación era el verdadero sentido de la revolución. No el poder, ni la posesión, sino la socialidad y la conexión. Un pensador que se alejó del marxismo ortodoxo para encontrar respuestas creativas a la realidad de América Latina. Con papel, pluma, educación, comunidad, organización y diálogo. Con el socialismo.


José Carlos Mariátegui in 1929
José Carlos Mariátegui in 1929


Perú, recordar los Andes

La historia de Perú está marcada por la conquista colonial; en 1532, los españoles al mando de Francisco Pizarro llegaron y sometieron al Imperio Inca, saqueando sus tesoros y estableciendo un sistema de propiedad de la tierra y trabajo forzoso. Los pueblos indígenas fueron privados de sus recursos, su cultura y su autonomía política. En la década de 1920, cuando José Carlos Mariátegui desarrolló sus ideas marxistas, Perú era oficialmente independiente, pero seguía estando muy influenciado por el colonialismo en lo económico. Los ferrocarriles, las grandes minas y las fincas eran en su mayoría propiedad de empresas británicas o estadounidenses. Se exportaban materias primas como el cobre, la plata, el algodón y el azúcar; se importaba la dependencia. La riqueza del país salía hacia otros países, controlada por el capital extranjero y una burguesía nacional colaboracionista.

La gran propiedad de la tierra y el llamado gamonalismo2 constituían el núcleo de un sistema que explotaba económicamente y excluía políticamente a la población indígena. Para Mariátegui, la cuestión de la tierra era el núcleo del problema indígena. Más del setenta por ciento de la población, predominantemente descendientes indígenas de los incas, trabajaba en las haciendas, a menudo en condiciones similares a las de la época colonial. Un Estado centralista ignoraba así las necesidades de las regiones rurales. Como resultado, prevalecían relaciones de propiedad altamente desiguales, lo que conducía a la pobreza y la dependencia, especialmente entre los sectores indígenas y campesinos de la sociedad.Mariátegui analiza la realidad material y cultural del Perú en la colección «Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana» (1928). Comprendió que la colonización del Perú no fue solo material, sino también mental. La educación y las influencias del Estado consistían en una imitación de los modelos europeos y norteamericanos. Eran incapaces de percibir la realidad de los Andes, de los campesinos y de los pobres, y de encontrar soluciones. Por eso, para Mariátegui, el sufrimiento del Perú no era solo económico, sino también ético y cultural. El conocimiento, la cultura y las lenguas indígenas se consideraban «atrasados». La élite gobernante, influida por Europa, los consideraba inferiores e incapaces de ser el motor del progreso. Mariátegui, por el contrario, veía en las comunidades indígenas las semillas de una nueva sociedad. Una sociedad socialista que surgiera de la vida misma: peruana, humana, creativa y que no fuera una imitación de los ideales europeos. Como él mismo dijo: «No queremos un socialismo de imitación, sino de creación».


Portada n.º 1 de Amauta, revista dirigida por Mariátegui
Portada n.º 1 de Amauta, revista dirigida por Mariátegui

Un socialismo de creación

Mariátegui estaba convencido de que el socialismo no podía importarse a Perú. Dijo:

«Tenemos que crear nuestro propio socialismo, inspirado en la realidad y la historia de nuestro país»

Esto significaba que Perú no podía limitarse a seguir los modelos europeos, sino que debía nacer de la vida misma. El marxismo tenía que ser «peruanizado». Arraigado en la realidad social de los Andes, en el legado de los pueblos indígenas, en la experiencia del colonialismo y el acaparamiento de tierras. En los primeros ensayos de la colección «Ideología y política» (1980), Mariátegui analiza el papel de las comunidades indígenas en relación con el socialismo. Afirma que el capitalismo en Perú nunca funcionó tan bien como en Europa. No fue resultado de desarrollos internos, sino una importación de la época colonial con una burguesía peruana que defendía sus privilegios mientras se aferraba al capital extranjero. Por lo tanto, concluyó que en Perú solo los trabajadores y los campesinos, especialmente las comunidades indígenas, podían ser los portadores de un verdadero socialismo. No porque constituyeran una «clase» en el sentido europeo, sino porque habían mantenido vivo un modo de vida colectivo. Un modo basado en la solidaridad, el trabajo colaborativo y la responsabilidad compartida. Para él, el socialismo en Perú era también un retorno. Un resurgimiento de los valores sociales que habían existido durante siglos en la cultura andina. Según él, el socialismo es la forma moderna de la antigua comunidad indígena, que el colonialismo había destruido pero nunca eliminado por completo.

«La revolución social en Perú tiene que surgir de las comunas indígenas»

Por eso Mariátegui no entendía la revolución en Perú como una copia de las experiencias rusas o europeas. Veía la revolución como un acto heroico y creativo de fusión entre el marxismo y la realidad de los Andes. En 1928 fundó el Partido Socialista del Perú. Eligió conscientemente la palabra «socialista» para evitar el control estalinista y realzar el carácter latinoamericano. El partido tenía una clara orientación marxista, pero de forma no dogmática. Era anticapitalista, antiimperialista y consideraba a la población indígena como el sujeto revolucionario central. Su objetivo era la movilización masiva organizada de trabajadores, campesinos y pueblos indígenas, no la revolución de pequeños grupos de vanguardia. No creía en una toma inmediata del poder ni en un levantamiento violento a cualquier precio. Para él, la revolución era un proceso social de construcción de conciencia, organización y reestructuración. Dado que buscaba no solo un cambio político, sino también una renovación moral. Quería que los seres humanos volvieran a formar parte de un gran todo.


Para buscar el futuro, Mariátegui dirigió su mirada hacia los Andes. Allí vivían los ayllus, comunidades indígenas que se organizaban desde hacía siglos según principios de colaboración y ayuda mutua. En ellas vio un ejemplo vivo y práctico de socialismo. Allí, en la sencillez de la convivencia, vio lo que Europa había olvidado. Vio una moral que no era un sermón, sino un ritmo. Una ética natural y orgánica, nacida de la convivencia, no de las leyes. Para él, los ayllus eran un ejemplo de cómo la gente podía vivir sin propiedad privada ni competencia. Esta «moral natural» del mundo indígena era para él la verdadera base del socialismo. La llamó «una ética de la tierra». Un estilo de vida que mantiene unidos el trabajo, la socialidad y la naturaleza. Allí vio la diferencia entre la civilización capitalista y la humanidad socialista. El capitalismo divide, el socialismo une. En Historia de la crisis mundial, Mariátegui escribe que la crisis del capitalismo no es solo económica, sino una crisis de la civilización misma. El mundo moderno había perdido su unidad moral. Interpreta las catástrofes de Occidente como una señal de que la humanidad había perdido su conexión. La crisis global, escribe, es una crisis de moralidad, un mundo que ha vendido su alma a la máquina. Cuando el ser humano deja de ser parte de la tierra, se convierte en su amo y, por ello, la pierde.


Mariátegui creía que el socialismo no puede surgir cuando las personas piensan unicamente en las necesidades materiales. Critica la concepción determinista de la historia de muchos marxistas y la importación dogmática de teorías europeas a contextos no europeos. Escribió: «El socialismo no es solo un fenómeno económico, sino una postura moral y emocional». Para él, las personas son seres creativos, capaces de transformarse a sí mismas y a su mundo. En el socialismo ve la posibilidad de liberar esta energía creativa. En el artículo «El hombre y el mito» (1925), explora la importancia del pensamiento mitológico para la humanidad. Habla del mito de la revolución: un mito es una fuerza que interconecta a las personas y les da valor para intentar lo imposible. Sin mitos no habría movimiento, ni pasión, ni esperanza.

«Los seres humanos son seres metafísicos. Sin una filosofía metafísica de la vida no se puede vivir de forma fructífera. El mito mueve a las personas en la historia»

La mujer y el renacimiento del mundo

Mariátegui fue uno de los primeros pensadores marxistas de América Latina que consideró la liberación de la mujer como una parte central de la revolución social. Para él, la cuestión de la mujer estaba estrechamente ligada al proceso revolucionario como parte esencial de la lucha proletaria. Porque, para él, la familia patriarcal es un reflejo del capitalismo: posesión, jerarquía, obediencia. Para superar esto, afirma, la autopercepción de la mujer debe cambiar, de modo que pueda convertirse en un sujeto activo que configure activamente la sociedad. Esta idea no surgiría de teorías abstractas, sino de la vida real. Del trabajo, la educación y el compromiso político. Las mujeres que estudiaban, enseñaban en las universidades o trabajaban en fábricas o en el campo eran para él el núcleo de un feminismo auténtico y vivo. «En nuestros tiempos, no se puede explorar la vida en sociedad sin investigar y analizar sus cimientos: la organización dentro de la familia, el papel de la mujer», escribe. Sobre el incipiente movimiento feminista en Perú, dijo:

«Ante este movimiento, los hombres abiertos a las grandes emociones de nuestro tiempo no pueden ni deben sentirse ajenos e indiferentes. La cuestión de la mujer es parte de la cuestión de la humanidad»

«El socialismo», según Mariátegui, «también debe comprender y superar la dimensión de género de la opresión, particularmente en un país semifeudal e influenciado por el colonialismo como Perú». El movimiento de mujeres debe actuar en conjunción con el proceso antiimperialista y anticolonial y no debe reducirse al modelo «occidental» de feminismo. En el artículo «Las reivindicaciones feministas» (1924) distingue entre feminismo burgués, pequeñoburgués y proletario. Dado que considera que el feminismo desvinculado de la lucha de clases es ineficaz y reaccionario, solo ve en el feminismo proletario la capacidad de transformar fundamentalmente las estructuras sociales. Analiza a la mujer únicamente en relación con la lucha de clases, no como una fuerza política aislada y un sujeto separado de esta lucha.

Aunque no ofrezca un análisis mucho más profundo sobre la mujer, sabe que un socialismo que quiera ser humano debe ser necesariamente «femenino». Para él, la feminidad es la fuente de la fuerza moral. En muchas culturas indígenas, la tierra misma es femenina, creativa y nutritiva.


La juventud no es el mañana, es el hoy

Para Mariátegui, la juventud es la energía viva del presente, no solo una promesa para el futuro. La fuerza de actuar y construir de forma activa. En sus propias palabras:

«La juventud no es la esperanza del mañana. Es la acción de hoy o nada»

En su obra «El mito de la nueva generación» analiza los movimientos juveniles de su época y subraya el significado de la juventud como fuerza activa para el cambio social. Aunque también critica la idea romántica de que todos los jóvenes son automáticamente revolucionarios y advierte sobre la instrumentalización del entusiasmo juvenil para fines reaccionarios. Es el puente vivo entre la visión y el presente, entre los sueños de una sociedad más justa y las acciones concretas que pueden hacerlos realidad.


Un legado para el futuro

José Carlos Mariátegui murió joven, a los 35 años, tras una grave enfermedad. Pero en su filosofía sigue vivo, especialmente hoy en día, cuando muchas partes del mundo buscan un rumbo. Mariátegui nos mostró que el socialismo es mucho más que un proyecto político. En los valores indígenas, la comunalidad, el respeto, el compartir y la espiritualidad vio el futuro. No un retorno al mundo antiguo, sino un redescubrimiento de su alma. Un socialismo que brota de la semilla de la propia historia.


Hoy, una vez más, la juventud sale a las calles. En Lima, Cusco, Ayacucho y Puno reclaman justicia, dignidad y participación. Luchan contra la corrupción, la explotación neoliberal y la alienación política de un Estado que no les representa. Muchos de ellos provienen de familias de campesinos, indígenas y trabajadores. En sus vidas, Mariátegui vio una vez las semillas de un nuevo Perú. Exigen más que una reforma. Exigen otra vida. Una vida en la que las personas no solo funcionen, sino que puedan realmente vivir. No aisladas, sino conectadas. No al servicio del capital, sino al servicio de las personas, de la sociedad. Aquí, en este momento, Mariátegui vuelve a la vida, como una voz que marca el camino, procedente de las profundidades de la propia tierra, de los recuerdos y de las luchas del propio pueblo. La revolución comienza en el corazón de la comunidad: en las manos de las mujeres, en el retorno a una forma de vida ética, ecológica y comunitaria.



Notas

1 Una vasta cordillera que se extiende a lo largo de la costa occidental de Sudamérica a través de varios países, entre ellos Perú. Los Andes fueron el corazón de importantes culturas indígenas.

2 El dominio de los grandes terratenientes (gamonalistas) en las regiones rurales de Perú, particularmente en los Andes. Esta élite local ejercía el control político, económico y social y, sobre todo, explotaba a la población indígena. Mariátegui consideraba el gamonalismo como un sistema semifeudal que obstaculizaba el desarrollo del país y alimentaba la desigualdad social.


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