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Las raíces del socialismo en la cultura de la madre

  • 22 ore fa
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Sina Wegner

Grupo de Investigación Comunitario de Jineolojî en Alemania


«Diosa del olivo», de Ayshe Mira Yashin.
«Diosa del olivo», de Ayshe Mira Yashin.

El socialismo es tan antiguo como la historia de la humanidad”, Abdullah Öcalan escribe en una carta por el primero de mayo del año 2000. En su nuevo manifiesto (2025) profundiza en esta hipótesis hablando sobre la comuna como el elemento fundador del socialismo y el clan neolítico como la primera comuna. Se desarrolla alrededor de las madres y se caracteriza por una cultura de la maternidad. Este es el comienzo de la sociedad, el comienzo de la larga tradición de vida comunal. Es el momento en el cual surge la contradicción entre comuna y estado, la cual emerge con la construcción de las primeras estructuras jerárquicas. Es así como podemos entender todas las formas comunales y autoorganizadas de vida y la resistencia, que se deriva de ellas, como parte de un mismo camino, la tradición del socialismo.


Las luchas de las sociedades indígenas, que se autodefendieron del colonialismo; la forma de vivir de la comunidades religiosas libertarias o la transmisión secreta del conocimiento ancestral por parte de mujeres que fueron quemadas como brujas por ello – en todas estas realidades podemos ver elementos de la inquebrantable resistencia de la vida comunal. Incluso aunque el término “socialismo” tenga solamente 300 años de existencia, podemos investigar sus raíces remontándonos a los primeros humanos que habitaron la tierra. Podemos echar la vista atrás y observar primeros años de nuestra existencia, las primeras formas de sociedad y la cuestión de nuestra naturaleza. Hay muchas divagaciones y especulaciones sobre ello. Teorías como la de Thomas Hobbes; lo natural es la guerra de todos contra todos, su creencia era que los humanos no pueden vivir en paz sin un estado que dicte las normas para la sociedad, que la contenga y la controle. La imagen de la superioridad natural del hombre sobre la mujer, defendida en la filosofía y en la ciencia durante miles de años, es aún influyente hoy en día. ¡Tenemos que contrarrestar esto!


Los seres humanos somos animales sociales


Pero si nos detenemos en los nuevos planteamientos e investigaciones, algo claro podemos sacar: en el fondo los humanos son seres sociales. Para sobrevivir, hemos vivido en grupo desde nuestros comienzos. Vivir de forma conjunta fue algo que se puso en práctica a través de la cooperación y el apoyo mutuo. Los descubrimientos de la Cueva de Shanidar en el Sur de Kurdistán muestran, por ejemplo, que ya en aquel momento no sólo sobrevivían los Neardentales más fuertes, sino que se cuidaba a los miembros enfermos y con discapacidades. En la conciencia de los primeros seres humanos, el enfoque individualista que defiende que solo hay que preocuparse por uno mismo, impulsado por el capitalismo neoliberal, era impensable. Pero aun siendo seres sociales, fueron las habilidades comunicativas como la empatía, el cuidado y la cooperación las que permitieron a nuestros antepasados sobrevivir. Hace unos 100.000 años, las primeras culturas más complejas dieron lugar al homo sapiens - la especie que aún hoy en día somos - en África. Cuando vinieron a Europa, aproximadamente 40.000 años atrás, ya tallaban flautas y figuritas, cortaban y dibujaban símbolos en muros, se inmortalizaban a ellos mismo con pinturas utilizando su manos y huellas, y fabricaban ropa y joyas. Gran parte de esto giraba en torno a temas de la vida, de la fertilidad y de la muerte.


La capacidad aparentemente mágica de las madres de dar a luz debió causarles una gran impresión. Desde hace 35.000 años, esta cuestión es reflejada en la multitud de símbología femenina, como vulvas y cuerpos desnudos de mujeres con pechos, caderas y vientres bien dibujados. Las llamadas ‘’figurillas de Venus’’, que se han ido encontrando en todos los continentes a lo largo de varias decenas de miles de años, han suscitado mucho debate e interpretaciones. Por supuesto, los investigadores, hombres, las consideraron inicialmente como objetos sexuales. Hoy en día se entienden como símbolos que probablemente desempeñaron un papel importante en la espiritualidad humana.


La cultura de la madre y la primera comuna


La relación madre-hijo es la primera en la vida de cada persona. Para dar a luz a un niño y cuidarlo, se necesita un grupo que rodee a la madre y al niño. Por lo tanto, es lógico que los primeros grupos humanos también se desarrollaran en torno a las madres. Las mujeres eran el centro de las primeras comunidades. Mientras algunas salían a cazar, otras vigilaban el fuego, inventaban técnicas para transformar materias primas, transmitían sus valores y cultura a los niños, recopilaban conocimientos sobre las plantas, las estrellas, el parto, el cuerpo y la salud. Se contaban historias alrededor de la hoguera nocturna. El concepto de paternidad no apareció en la conciencia humana hasta mucho más tarde. Sin embargo, las relaciones familiares basadas en la línea materna eran evidentes. Todos los niños sabían quiénes eran su madre, la madre de su madre, sus hermanos y sus tíos y tías por parte de madre. De esta forma, la primera organización social también se centraba en las madres.

El concepto de la relación madre-hijo también se ha aplicado a la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Hasta el día de hoy, en muchos lugares se la denomina ““Madre Naturaleza””. La cultura maternal, que por lo tanto consideramos como la primera cultura humana, se caracteriza por los principios del cuidado, el dar y recibir mutuo y el amor. Como cultura, no está sujeta a la maternidad biológica, sino que está personificada en todos los miembros de la comunidad. Crear, cuidar, nutrir, amar, proteger, defender y alimentar son los valores fundamentales que sustentan una comuna. Estos valores permitieron a nuestros antepasados de la sociedad clánica sobrevivir durante miles de siglos. Podemos entender su forma de vida libertaria, igualitaria y colectiva como la primera forma de comuna socialista. En todas las sociedades posteriores que les siguieron, a pesar del surgimiento de las estructuras estatalistas hace al menos 5000 años, en las que el hombre comenzó gradualmente a dominar a la mujer, todavía podemos reconocer la cultura de la madre y su defensa por parte de las mujeres. A pesar de las condiciones de opresión y esclavitud, las mujeres lograron transmitir sus principios de vida. La caza de brujas al comienzo de la era moderna representa una ruptura decisiva en Europa. Al atacar la autonomía, la transmisión de conocimientos y las relaciones de las mujeres de las mujeres, se rompió la columna vertebral de la sociedad y se pudo imponer el nuevo modo de vida capitalista.


Hacia el socialismo comunal


Hoy en día, tenemos que encontrar nuestro camino en un mundo en el que la violencia doméstica ha sustituido al amor. La condición de madre se ha convertido en una carga ligada a muchas dificultades. En lugar de cuidarnos unos a otros, se espera que busquemos siempre nuestro propio beneficio, que compitamos entre nosotros y que trabajemos hasta la saciedad para nuestro propio beneficio. En lugar de tratar a la Madre Naturaleza con respeto, nuestros ecosistemas están siendo cada vez más destruidos. En un camino que dura miles de años, la cultura de la madre está siendo cada vez más reprimida y destruida por parte de la contrarrevolución patriarcal.


Para contrarrestar todo esto y reconstruir una forma de vida comunitaria, analizamos, con Jineolojî, nuestra historia como mujeres, la tradición de la vida comunitaria y los valores de la maternidad dentro de ella. De esta manera, estamos sentando las bases para construir un nuevo socialismo comunitario. Las historias de las diosas de la época prepatriarcal pueden inspirarnos tanto como las historias de resistencia de los últimos cinco mil años. Podemos aprender de las formas de vida matriarcales que aún se practican hoy en día y examinar nuestras propias biografías e historias de movimientos. Podemos aprender de las madres, abuelas y mujeres jóvenes de todo el mundo que acogen a todos los invitados en sus hogares, que se enfrentan sin miedo a los tanques que entran en sus pueblos y que plantan con calma semillas en sus jardines, que luego los soldados quieren convertir en campos de batalla. Debemos mirar hacia el futuro y tener el valor de encontrar nuevos caminos, porque nadie ha dado forma a lo que queremos crear.

Como mujeres jóvenes, para ser vanguardia en este proceso, tenemos también que escarbar en lo más profundo de nosotras mismas para encontrar los vestigios de la cultura de la madre y las influencias de la mentalidad patriarcal del Estado. Debemos trabajar juntas para fortalecer nuestras personalidades, nuestra conexión con la sociedad y con la naturaleza, nuestra capacidad para pensar libremente y expresar nuestra voluntad. Debemos organizarnos, ser conscientes de la lucha en la que estamos sumidas y expresar y vivir los valores que permiten una vida libre y comunitaria tal como la entendemos nosotras mismas. En esta etapa en la que nos encontramos, muchas cosas parecen estar cambiando rápidamente. Se están abriendo grandes oportunidades y nos enfrentamos a grandes retos. Hay guerras en muchos territorios y a muchos niveles. Y al mismo tiempo, están emergiendo muchas realidades bellas y esperanzadoras. Sentimos la emoción que ya ha hecho latir con fuerza tantos corazones antes que el nuestro. Formamos parte de una nueva fase de una lucha muy larga y antigua. Seguimos los pasos de las primeras mujeres que crearon la sociedad, las que se defendieron de los primeros ataques del patriarcado, las que, encerradas entre las paredes del sistema, no olvidaron sus valores. Las que se subieron a las barricadas y las que dieron su vida en la lucha.


Para hacer realidad sus sueños y conseguir una vida libre para quienes vendrán después de nosotras, tenemos que conocer sus historias y mantener viva su esperanza en nosotras. Al hacerlo, la exploración más profunda del significado de la cultura de la madre en la vida comunitaria puede servirnos de guía.


 
 
 
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